ENVEJECER CON DIGNIDAD Y SIN SENTIRSE VIEJO.
La vejez es la única cosa
que llega sin tener que esforzarnos para conseguirla. No es la edad lo
que nos hace viejos, es la actitud que se toma ante esta realidad.
Cuando se es joven es fácil pensar en la vejez como algo
súbito y distante, pero lo cierto es que se trata de un proceso gradual; sin
embargo, llegar a anciano nunca implicó tanta presión social como en la
actualidad.
Hoy el término “viejo” es un adjetivo culturalmente utilizado
para definir a las personas que, cronológicamente, han crecido en edad, pero no para resaltar que esta persona está llena de
sabiduría y experiencia.
Todo ser vivo desde el momento en que nace, envejece día a
día. Todos crecemos, aprendemos y cambiamos, sin embargo, al definir a las personas
que han hecho un gran trayecto de vida, pasando desde la infancia hasta la
ancianidad, debemos considerar los grandes regalos que les ha dado su
experiencia de vida: sabiduría, formación y vivencias.
Es muy importante que crezcamos en conocimiento sobre nuestra
transformación. No por tener más edad tenernos menos capacidad, menos
habilidades o menos intereses.
Si bien es cierto que, biológicamente, tenemos deterioro
físico por los cambios vividos, por los años dedicados al trabajo, a la
familia, a la sociedad; también es cierto que podemos vivir hasta el último día
con capacidades intelectuales, emocionales y espirituales, en la conciencia de
la experiencia de vida, que la formación nos aporta.
Todo hombre o mujer que llegue a esa edad de oro de 65 o más
años no debe quedarse estático, debe seguir aprendiendo día a día,
involucrándose en la tecnología, en el hábito de la lectura, en el aprendizaje
de los temas de actualidad.
Ahora ya tiene tiempo de realizar su afición favorita, son
muchas las opciones y diversas maneras de seguirse formando y estar activo.
Ya formó, ya educó, ya se debe a sí mismo; a los nietos,
amarlos, abrazarlos, pero no ser cuidadores; ser testimonio y ejemplo, pero
educar es responsabilidad de los padres.
Los abuelos debemos vivir en plenitud, reconociendo el
desgaste físico natural, pero en óptimas condiciones mentales y espirituales;
siendo autosuficientes, hasta donde físicamente sea posible, y, si es
necesario, pedir ayuda en situaciones de discapacidad física, pero lo mental y
emocional es solo tarea de uno mismo.
Hay que vivir con optimismo. Esperar el día a día como la
mayor oportunidad de disfrutar de la vida. Hacer cosas que pongan a uno de buen
humor. Cantar, bailar, escuchar música, hacer ejercicio.
Reunirse con amigos periódicamente para revivir los buenos
momentos, compartir los intereses en común, los consejos, las buenas pláticas,
disfrutar de la comida preferida, todas estas cosas hacen bien al corazón.
Pensar en positivo. Evocar recuerdos de la infancia y
juventud que nos dieron mucha felicidad y alegría, no dar lugar a los recuerdos
negativos.
Poner a trabajar la mente y sobre todo, fortalecer la
relación de amistad con Dios, hacer oración, acercarse a los sacramentos,
participar en algún apostolado, todo esto ayuda a estar más ceca de Dios.

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